Navanethem (Navi) Pillay es una sudafricana que se doctoró en derecho en la Universidad de Harvard, fue vicepresidenta de la Universidad de Durban, fue jueza del Tribunal Supremo Sudafricano, jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda y su presidenta por cuatro años, en el 2003 fue nombrada jueza del Tribunal Penal Internacional… y hoy es Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el más importante cargo mundial relativo a los Derechos Humanos.
Parece difícil imaginar una carrera académica, judicial e internacional más completa o impresionante.
Leyendo este breve CV uno puede pensar que estamos ante una privilegiada mujer de familia adinerada que gozó de todos los privilegios para poder escalar posiciones y aprovechar oportunidades. Tal vez imaginemos que su posición le permitió aislarse de la realidad de las grandes mayorías sudafricanas discriminadas en una época de grandes conflictos, estudiar en colegios de élite y, en primera clase y bien provista de recomendaciones, desembarcar cómodamente en Harvard…
Sin embargo en esta entrevista publicada en El País descubrimos sus orígenes humildes, hija de un conductor de autobuses de una minoría discriminada, el esfuerzo que tuvo que hacer toda su familia amplia e incluso su comunidad para pagarle los estudios y ofrecerle un futuro mejor. Dada la segregación racial en la universidad cuando ella entró debía estudiar no en la biblioteca con sus compañeros… ¡sino en un almacén de patatas!. Trabajó por los Derechos Humanos como abogada en los tiempos difíciles y no fue hasta el fin del apartheid que pudo acceder a la judicatura en su propio país.
Tuvo altos cargos de responsabilidad en la Universidad de Durban en los tiempos en que sin embargo no podía bañarse en sus playas…

Es un maravilloso ejemplo de superación, de cómo la capacidad sumada al esfuerzo y al interés del entorno familiar y social pueden compensar enormes dificultades y obrar el milagro de lo imposible.
Ahora que en nuestro entorno afortunadamente los estudiantes tienen grandes medios para informarse, estudiar, aprender, ampliar horizontes e investigar, es oportuno recordar que es muy bueno tener los máximos medios posibles, pero que la otra mitad del cóctel del éxito académico, personal o profesional es el esfuerzo, las ganas, el mérito… y también que es muy necesario que el entorno familiar y social aprecien ese esfuerzo, ese trabajo académico, respeten la escuela, el saber, a los profesores y su criterio y su palabra y su posición y que entiendan que eso de la educación requiere de la dedicación y el esfuerzo de toda la familia… y que la sociedad debe valorar y premiar esos comportamientos sobre otros más inmediatos y vistosos, que debemos exigir tener universidades de mayor calidad, de mayor nivel, más abiertas y que compiten entre las mejores del mundo. Que es más importante tener una universidad entre las 100 mejores del mundo que tener un equipo de fútbol entre los 100 mejores (aunque dediquemos a lo segundo mucho más tiempo y atención… y aunque paguemos a cualquier futbolista mediocre para que juegue en un club vasco lo que no pagaríamos jamás a un premio nobel para que nos venga a trabajar a Euskadi -dado que tuviéramos un proyecto que le tentara-). Se ve que en el caso de Navi Pillay las aspiraciones de su comunidad y su familia no eran tener una friki de programa televisivo en su seno, sino una doctora o una jueza… y que sacrificaron muchas cosas por alcanzarlo y se esforzaron por conseguirlo.
¿Cuantos nombres de premios nobel o científicos o pensadores comparables conocen nuestros universitarios y cuántos de futbolistas o de personajillos de la tele?, ¿qué podrán decirnos del trabajo de los primeros y qué del quehacer de los segundos?, ¿habrá una relación de 1 a 10 o me quedo corto?
No añoro -ni estimo buenas- dificultades materiales o heroismos contra las circunstancias que afortunadamente yo no conocí (yo disfruté igualmente de todas las facilidades imaginables para estudiar gracias al esfuerzo y al interés de mis padres) pero sí quiero recalcar que superados unos mínimos, las mejoras materiales marginales posibles de nuestro sistema escolar no pueden ser el foco único -ni seguramente principal- de nuestra atención, mucho más importante es que toda la sociedad y las familias sepan valorar, acompañar y exigir el esfuerzo y la dedicación, reconocer el valor del saber, del conocimiento, de la memoria y el respeto al maestro, etc.
P.D.: Foto de N. Pillay de El País y foto de la playa de Durban de Wikipedia.